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jueves, mayo 28, 2020

“Yo contagié a mi padre”: los sobrevivientes del COVID-19 lidian con la culpa de infectar a familiares

Un inquietante sentimiento aflige a quienes creen que transmitieron el virus a sus seres queridos sin saberlo. Sobre todo a inicios de la pandemia, cuando se tenía menos información, era común que quienes presentaban síntomas leves pensaran que se trataba de un simple resfriado.

Estas son las informaciones más relevantes de este lunes 18 de mayo de 2020:

Paul Stewart pensó que se trataba de un resfriado.

Durante la tercera semana de marzo comenzó a experimentar dolor de garganta, fiebre leve, tos, escalofríos y dolores en el cuerpo.

El coronavirus estaba comenzando a extenderse por el estado de Illinois, causando el cierre de escuelas y lugares de trabajo, incluyendo la clínica en el condado de DuPage donde Stewart trabajaba como técnico de rehabilitación.

Pero no se le pasó por la cabeza que pudiera tener el virus, incluso después de que un compañero de trabajo diera positivo. Sus síntomas iban y venían, y algunos días llegó a sentirse lo suficientemente bien como para correr cinco millas.

Fue entonces cuando su padre comenzó a toser.

Paul Stewart, de 55 años y divorciado dos veces, vivía con sus padres en la casa en la que creció. Cuando su padre, Robert Stewart, de 86 años, un exjugador de béisbol profesional, veterano militar y sobreviviente de cáncer, comenzó con los síntomas, pensó que también se trataba de un resfriado. Pero la afección pareció apoderarse del cuerpo de Robert, quitándole el apetito y golpeando sus pulmones.

Antes del amanecer del 2 de abril, Paul se despertó en medio de otro ataque de tos de su padre. Lo ayudó a ir al baño, donde el anciano se desmayó. Paul llamó al 911.

Un paramédico, vestido con equipo de protección completo, le dijo a Robert que tenían que llevárselo al hospital. El anciano accedió en silencio. En la puerta principal, todavía descalzo, hizo una pausa y miró a su hijo.

“Te amo”, dijo Robert.

“Te amo, papá. Todo va a estar bien “, respondió Paul.

En el Hospital Central DuPage, su padre dio positivo al coronavirus.

La noticia hizo que Paul se diera cuenta de que él también podía haber estado infectado. Y a medida que su padre empeoraba, Paul comenzó a preguntarse si él era el culpable.

El peso de la culpa

Ese inquietante sentimiento de culpa aflige a un número incalculable de estadounidenses que creen que, en ese período en que el coronavirus se extendía por el país sin saberlo, terminaron infectando a las personas a las que amaban.

Si bien a menudo es imposible saber exactamente cómo el virus pasó de una persona a otra, muchos sobrevivientes asumen la responsabilidad, y cuestionan las decisiones que tomaron en los días en que no había tanta información disponible, cuando no pudieron hacerse la prueba y aún no estaban sujetos a un estricto distanciamiento social y medidas como el uso de mascarillas.

Estas experiencias ponen sobre la mesa el alcance imprevisto del sufrimiento causado por el coronavirus.

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“Las consecuencias para la salud mental, además de las muertes y el aspecto físico, son profundas”, explica la doctora Michelle Riba, profesora de psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan.

“Nunca hemos pasado por esto en nuestras vidas, por lo que estamos aprendiendo a medida que avanza el tiempo”, añade.

Las personas que desarrollan síntomas leves, o ninguno en absoluto, son importantes transmisores del coronavirus. No tienen conciencia de que deben evitar transmitirlo, sobre todo a quienes corren el riesgo de complicaciones potencialmente mortales, dicen los investigadores.

Robert Stewart.
Robert Stewart. Joshua Lott, NBC News

Paul cree que eso es lo que les sucedió a él y a su padre.

“¿Podría haber sido más cuidadoso con lo que pensé que era un resfriado común?” dijo en una entrevista: “El que se sienta como yo me estoy sintiendo ahora, no expondría a nadie a eso. Pero entonces no había suficiente información. He pasado trabajo en entenderlo”.

Paul no se ha hecho la prueba del coronavirus. Pidió hacérsela, pero le dijeron que sus síntomas eran leves y no serían considerados lo suficientemente graves como para cumplir con los estrictos requisitos para examinarse. Su madre y su novia, mientras tanto, también desarrollaron solo síntomas menores.

En el hospital, sin embargo, los pulmones de Robert comenzaron a fallar. Los médicos dijeron que no pudieron hacer mucho para detener el ataque del virus. En un punto, comenzaron a aplicarle cuidados paliativos, como el suministro de sedantes para el dolor.

No se permitían visitas, pero Robert y Paul hablaban con frecuencia por teléfono y se vieron algunas veces por videollamada. Robert parecía en paz. El anciano, que estuvo casado por 60 años y era profundamente religioso, dijo que había tenido una buena vida. Paul nunca escuchó a su padre especular sobre cómo contrajo la enfermedad o la posibilidad de que su hijo se la hubiera transmitido.

Paul sí le contó a su padre que creía que él había sido el responsable.

“Lo siento, papá”, le dijo.

El 9 de abril, después de una semana internado en el hospital, mantuvieron su última conversación. Paul le agradeció ser un buen padre, le prometió que cuidaría de su madre y que ayudaría a pagar las cuentas.

“Gracias hijo. Eres un hijo maravilloso y te veré en el cielo algún día “, respondió Robert.

Más tarde ese día, el hospital llamó a Paul para decirle que podía visitar a su padre a la mañana siguiente. Mientras se preparaba para ir al visitarlo, su hermana le dijo que una enfermera en línea tenía malas noticias: Robert había muerto.

“Acabo de matar a mi papá”, le dijo Paul a su novia después de escuchar la noticia, “yo le pegué esto a mi papá”.

Su familia trató de tranquilizarlo.

“Es un sentimiento extraño, como si no estuvieras en paz”, dice Paul, “no puedes descansar porque todavía estás lidiando con la culpa”.

“No fui capaz de mantener a mi familia a salvo”

El coronavirus ha destruido a familias completas. A medida que los investigadores realizan un seguimiento de su propagación en todo el mundo, han descubierto que los hogares son una fuente común de transmisión.

Ser la persona que introdujo el virus en una familia conlleva así una gran carga emocional, incluso si el riesgo no estaba claro en ese momento, dicen los expertos.

“No puedes usar el conocimiento que tienes ahora y juzgarte a ti mismo por el pasado”, dice la doctora Riba: “En retrospectiva, parece fácil ahora, pero no fue fácil en ese entonces. La gente se subía a los aviones y seguía yendo a eventos y restaurantes. No lo sabían”.

Esta culpa no se limita a los casos en que un miembro de la familia cayó gravemente enfermo.

“No fui capaz de mantener a mi familia a salvo, y esa es la responsabilidad principal como madre”, dice Carianne Ekberg, quien cree que fue ella quien pasó el virus a su esposo y a sus dos hijos pequeños a principios de marzo, luego de enfermar de lo que creyó un resfriado o una alergia.

Carianne Ekberg cree que infectó a sus dos hijos y a su esposo con el coronavirus.
Carianne Ekberg cree que infectó a sus dos hijos y a su esposo con el coronavirus.Cortesía de Carianne Ekberg

Carianne sospecha que se contagió mientras se hacía una manicura con su hija de 5 años cerca de su casa en Gig Harbor, Washington.

Mientras trabajaba, la esteticista le dijo que recientemente un cliente había contraído el virus. Carianne entró en pánico, se duchó y desinfectó el auto y la casa de su familia.

La mujer, de 37 años, consultora de redes sociales y reservista de la Fuerza Aérea, dijo que llamó a su médico y a un trabajador de salud pública, y ambos le dijeron que probablemente no había estado expuesta al virus, que tuviera cuidado y que se pusiera en cuarentena si se enfermaba. Entonces dejó de ver a familiares y canceló un viaje a la costa Este, pero sí frecuentó a dos amigos cercanos.

Pasaron 10 días, y desarrolló una fatiga abrumadora, náuseas, tos y una falta de aliento que duró dos semanas. A los pocos días de presentar esos síntomas, sus hijos desarrollaron fiebre leve y goteo nasal, y su esposo sintió opresión en el pecho. Todos se han recuperado.

“La culpa que sientes cuando infectas a tu familia, especialmente a tus hijos, es muy fuerte”, dice, “incluso cuando no sabía que tenía COVID-19 o no podía evitar contraerlo”.

Carianne ha encontrado consuelo al hablar con otros sobrevivientes de coronavirus. Ella participa en un foro semanal organizado por videoconferencia por la YMCA de los condados de Pierce y Kitsap. También dirige un grupo de Facebook para padres que buscan asesoramiento sobre cómo lidiar con el cierre de escuelas.

“No puedes culparte a ti mismo para siempre, pero mientras lo atraviesas tienes que encontrar algo que te mantenga enfocado en otra cosa”, explica, “porque no vas a recuperarte a menos que tengas una mentalidad positiva y estés haciendo cosas para mejorar”.

Su perspectiva está alineada con los consejos de los expertos, quienes dicen que hay muchas maneras de manejar este tipo de remordimiento: ayudar a otros, centrarse en el trabajo, practicar ejercicio y hablar con amigos, grupos de autoayuda, un líder religioso o un proveedor de salud mental.

“Darse un descanso es muy importante”, dice el doctor Ronjon Banerjee, psiquiatra y profesor en el Hospital Mount Sinai en Nueva York, donde algunos de sus pacientes son trabajadores de la salud.

“Algunos han infectado a la familia y se sienten culpables. Otros sienten vergüenza. Otros sienten que no tienen poder ni control. Se sienten sin esperanza. Hablar sobre el tema puede ser de ayuda”, dice.

Jane Weinhaus asegura que conversar del tema la ayudó a lidiar con su creencia de que había infectado a su esposo, dos hijos adultos y su nuera. Pasó tiempo con todos ellos antes de enfermarse, y todos terminaron dando positivo y contrayendo neumonía. Weinhaus, de 63 años, pasó más de una semana conectada a un respirador artificial.

Weinhaus, quien es maestra de preescolar de los suburbios de St. Louis y tiene una vida social ocupada, ha tratado de recordar los días de principios de marzo para descubrir cómo pudo haber sido infectada y a quién más podría haber expuesto. La lista es aterradora: fue a trabajar, salió con amigos, asistió a un bat mitzvah y a una boda, participó en un shiva con la familia de un amigo, cenó con su padre de 90 años, hizo de niñera

“Pensar que podría haberles contagiado una cosa que podría haberlos matado, que podría haber expuesto a tanta gente …”, dice entre lágrimas.

Cuando ella mira las noticias de personas que murieron luego de ser conectadas a respiradores se pregunta por qué sobrevivió. Se ha dicho a sí misma que fue por su trabajo. Ella ha estado enseñando a niños de preescolar durante 25 años. Durante su recuperación, se unió a las reuniones por videoconferencia con sus alumnos de 2 años y espera regresar a fines de agosto, siempre que su escuela reabra.

“Seguiré y marcaré la diferencia en la vida de los niños”, cuenta, “esa es mi vocación. Eso me da un propósito”.

Buscando un cierre

Después del funeral de su padre, limitado a 10 personas, Paul continuó luchando con su pesar.

Paul Stewart fuera de su casa en Winfield, Illinois.
Paul Stewart fuera de su casa en Winfield, Illinois.Joshua Lott, NBC News

Comenzó a preguntarse si podría haber hecho más para evitar que su padre se enfermara. ¿Debería haberse puesto en cuarentena en su habitación o ser más proactivo en desinfectar la casa? ¿Debería haber llevado a su padre al hospital antes?

“Pienso en ello cada día. ¿Podría haber sido más cuidadoso?”, se pregunta.

Como nunca se hizo la prueba, Paul todavía no sabe con certeza si tuvo el coronavirus. Ahora planea hacerse un examen de anticuerpos, que podría proporcionar la respuesta. Él espera que sea positivo, pues su novia ya se lo hizo y tiene anticuerpos, lo que demuestra que pasó la enfermedad.

“Definitivamente quiero saber”, dice Paul, “para mí es importante poder cerrar ese capítulo de mi vida”.

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